La sensación de que el tiempo pasa más rápido con la edad tiene una explicación matemática sencilla: cada año representa una proporción menor del total de vida vivida. Para un niño de 5 años, un año es el 20% de toda su experiencia. Para un adulto de 50, es solo el 2%.
Pero hay factores neurológicos igualmente importantes. La novedad ralentiza la percepción del tiempo. Cuando eres joven, casi todo es nuevo: cada experiencia activa el cerebro de forma intensa y deja huellas mnémicas detalladas. Al recordar esos períodos, parecen largos porque están llenos de contenido.
Con la edad, las rutinas se establecen. El cerebro procesa las experiencias familiares de forma más eficiente, registrando menos detalles. Al recordar una semana rutinaria de adulto, el cerebro tiene poco material con el que construir el recuerdo, y el período parece más corto de lo que fue.
Los períodos de vacaciones, viajes o experiencias nuevas siguen pareciendo largos en el recuerdo porque rompen la rutina y generan más marcadores temporales.
El tiempo no va más rápido cuando eres mayor. Lo que ocurre es que vives con menos atención. Y el cerebro solo registra lo que le llama la atención.