La presión arterial se mide en milímetros de mercurio y se expresa con dos valores. El primero, la presión sistólica, es la fuerza que ejerce la sangre sobre las paredes de las arterias cuando el corazón se contrae y bombea sangre. El segundo, la diastólica, es la presión cuando el corazón está en reposo entre latidos.
Los valores considerados normales son inferiores a 120/80 mmHg. La hipertensión se diagnostica cuando la presión supera de forma consistente los 140/90 mmHg. Entre esos rangos existe una zona de prehipertensión que ya implica mayor riesgo cardiovascular aunque no requiera medicación.
La presión arterial varía a lo largo del día: es más baja durante el sueño y más alta por la mañana al despertar. El estrés, el ejercicio, la cafeína y incluso estar en consulta médica pueden elevarla temporalmente.
El sodio de la dieta es uno de los factores modificables con mayor impacto en la presión arterial. Reducir el consumo de sal puede bajar la presión sistólica entre 2 y 8 mmHg en personas sensibles.
La hipertensión se llama el asesino silencioso porque no duele. Y no duele precisamente cuando más daño está haciendo.