La memoria no funciona como una grabación de vídeo que se almacena y reproduce fielmente. Es un proceso de reconstrucción activa: cada vez que recuerdas algo, el cerebro reensambla la experiencia a partir de fragmentos almacenados en distintas regiones cerebrales.
Este proceso de reconsolidación significa que los recuerdos son maleables. Cada vez que recuperas un recuerdo, se vuelve temporalmente inestable y puede ser modificado por información nueva, por el estado emocional del momento o por sugestión externa. Después se reconsolida, pero no exactamente igual que antes.
Los estudios de Elizabeth Loftus han demostrado que es posible implantar recuerdos falsos en personas con relativa facilidad. En un experimento clásico, se convenció a participantes de que de niños se habían perdido en un centro comercial, un evento que nunca ocurrió. Con el tiempo, muchos desarrollaron recuerdos detallados y emocionalmente vívidos de ese evento ficticio.
La memoria episódica, la de eventos personales, es especialmente susceptible a la distorsión. La memoria semántica, la de hechos y conceptos, es más estable pero también falible.
No recordamos lo que pasó. Recordamos lo que creímos que pasó, modificado por todo lo que hemos aprendido desde entonces. La memoria no es un archivo. Es una historia que nos contamos a nosotros mismos.