Durante décadas, la meditación fue considerada en occidente como una práctica espiritual sin base científica verificable. Los estudios de neuroimagen de los últimos 20 años han cambiado esa percepción de forma radical.
Las investigaciones con meditadores de larga experiencia muestran diferencias estructurales medibles respecto a no meditadores: mayor grosor de la corteza prefrontal, asociada al control ejecutivo y la toma de decisiones; mayor volumen de la ínsula, relacionada con la conciencia interoceptiva; y menor volumen y actividad de la amígdala, el centro de alarma del cerebro.
Un estudio de la Universidad de Harvard de 2011 demostró que 8 semanas de meditación de atención plena producían cambios medibles en la densidad de materia gris en el hipocampo, región relacionada con el aprendizaje y la memoria, y reducción en la amígdala.
Los efectos sobre el estrés están bien documentados: la meditación regular reduce los niveles de cortisol, mejora la variabilidad de la frecuencia cardíaca y reduce los marcadores inflamatorios en sangre.
La discusión científica actual no es si la meditación tiene efectos reales sino cuáles son los mecanismos precisos y qué tipos de meditación son más efectivos para qué objetivos.
La meditación no es ponerse a pensar en nada. Es entrenar la atención de forma sistemática. Y el cerebro, como cualquier músculo, cambia con el entrenamiento. Los escáneres lo confirman.