Internet no tiene un centro. No hay un servidor principal, un edificio, un país o una empresa que la controle. Es una red de redes: millones de dispositivos y servidores conectados entre sí por rutas múltiples y redundantes.
Cuando envías un mensaje o solicitas una página web, los datos se dividen en paquetes que viajan de forma independiente por la red. Cada paquete puede tomar una ruta diferente según la disponibilidad y la congestión de los nodos intermedios. Al llegar al destino, se reensamblan en el orden correcto.
Este diseño, llamado conmutación de paquetes, fue desarrollado en los años 60 precisamente para crear una red de comunicaciones capaz de sobrevivir a la destrucción de nodos individuales. Si una ruta queda bloqueada, los paquetes simplemente toman otra.
Lo que sí puede causar interrupciones locales son los puntos de intercambio de internet, los grandes nodos donde se conectan las redes de distintos proveedores, y los cables submarinos que unen continentes. Hay aproximadamente 400 cables submarinos que transportan el 99% del tráfico intercontinental de internet.
Internet no es una nube. Son cables, servidores y protocolos diseñados para que la información encuentre siempre un camino. La nube es una metáfora bonita para esconder la ingeniería brutal que hay debajo.