El reflejo de enderezamiento de los gatos es uno de los ejemplos más elegantes de la física aplicada a la biología. En menos de 0,3 segundos desde el inicio de una caída, un gato puede reorientar completamente su cuerpo para caer con las patas hacia abajo.
El proceso se divide en cuatro fases. Primero, el sistema vestibular del oído interno detecta la orientación del cuerpo respecto a la gravedad. Segundo, la cabeza gira para orientarse correctamente. Tercero, la parte delantera del cuerpo gira siguiendo a la cabeza. Cuarto, la parte trasera completa la rotación.
Lo fascinante es que este proceso no viola la conservación del momento angular. El gato no tiene momento angular inicial en una caída libre, y tampoco lo tiene al final. Lo que hace es redistribuir internamente el momento angular entre distintas partes de su cuerpo, girando unas mientras extiende otras para compensar.
Los gatos también adoptan una postura que maximiza la resistencia del aire y minimiza el impacto: extienden las extremidades para aumentar la superficie de frenado y flexionan las patas para absorber el golpe.
El gato que cae de pie no está haciendo magia. Está resolviendo un problema de física en tiempo real, sin formulas, sin pensarlo. La evolución lleva millones de años depurando ese algoritmo.