El estrés es una respuesta de supervivencia diseñada para durar minutos, no meses. Cuando el cerebro detecta una amenaza, activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, que libera cortisol y adrenalina. Es perfecto para escapar de un depredador. El problema moderno es que el cerebro no distingue bien entre una amenaza física y una laboral.
Con el tiempo, el cortisol elevado de forma crónica produce efectos medibles: adelgazamiento del hipocampo, la región del cerebro responsable de la memoria; inflamación sistémica que acelera el envejecimiento celular; supresión del sistema inmune. Los telómeros de madres con hijos con enfermedades crónicas equivalían a los de mujeres entre 9 y 17 años mayores.
El ejercicio aeróbico reduce directamente los niveles de cortisol. La meditación reduce la actividad de la amígdala. El contacto social activa la liberación de oxitocina, que contrarresta el cortisol.
El estrés crónico no se siente como una enfermedad. Se siente como la vida normal. Eso es exactamente lo que lo hace tan peligroso.