Un huracán necesita agua superficial a más de 26 grados Celsius, humedad elevada, poca cizalladura de viento y suficiente distancia del ecuador para que la fuerza de Coriolis organice la rotación.
Todo comienza con una zona de baja presión sobre el océano cálido. El aire caliente y húmedo asciende, se enfría, el vapor de agua se condensa liberando calor latente, y ese calor impulsa más ascenso. La fuerza de Coriolis hace que ese aire entrante gire, creando la estructura espiral característica.
En el centro del sistema, la presión es tan baja que se forma el ojo: una zona de calma relativa de entre 30 y 65 kilómetros de diámetro donde el cielo puede estar despejado mientras a su alrededor ruge la pared del ojo, la zona más violenta.
Los océanos están absorbiendo el 90% del calor adicional generado por el efecto invernadero. Aguas más cálidas significan más energía disponible para los huracanes.
Un huracán es la atmósfera intentando equilibrar una diferencia de temperatura enorme. El cambio climático la agranda. Y la atmósfera responde en consecuencia.